Sentía que el aire se escapaba de su boca, como el último hálito de vida.
¿Sería acaso su última noche? Tras tantas cosas vividas, ¿todo terminaría así?
Intentó dejar de pensar en ello. "Un día más"- pensó. "Sobrevive un día más".
Abrió los ojos con miedo, con miedo de encontrarse en su tumba, en el olvido. Sin embargo, sólo veía estrellas. Intentó levantarse, pero le dolía todo el cuerpo. Tenía los brazos entumecidos, las piernas destrozadas y los ojos cansados.
Miró a un lado, y se encontró en un callejón. "Cómo cojones habré llegado a esta mítica escena de película".
Cubos de basura. Plásticos. Vapor saliendo de las alcantarillas. Cajas, mendigos y olor a vómito.
Y ahí estaba a su lado, su más fiel y vieja compañera nocturna... Su petaca. Su maldición.
Comenzó a recordar poco a poco, sintiendo ese típico pinchazo en la cabeza al tirar del hilo de la memoria. Empezó a abrir puerta a puerta los recuerdos de la noche anterior, redescubriendo lagunas que ni él mismo querría navegar. Y llegó a la causa de su patética situación.
Llegó a su voz. Sus miradas. Sus sonrisas.
Su todo.
Llegó a su perdición.
Miró el reloj, no eran más de las 6 de la mañana cuando decidió recoger su vieja petaca y olvidar su dignidad para siempre.
Estúpido masoca.
Sobrevivió un día más, para seguir torturándose.