miércoles, 16 de mayo de 2012

En el fondo de mi gintonic.

Aquella ramera se sentó a mi lado. Cogió mi copa y, de dos tragos, acabó hasta con la última gota de mi nocturno acompañante. Me había jodido.
Probablemente, restando una copa más a mi noche, me había jodido; había arruinado mi plan de ahogarme una noche más en el olvido.
Y ahora, sólo quedaba ella y la barra del bar. Menuda furcia.

Indignado, llamé al camarero.
-Eh! Disculpe, otro gintonic.
-Menuda semanita, ¿eh? Estás que no paras.
-Calla y sírvemelo, gilipollas.
-...

Y allí estaba yo, con mi gintonic y mi nueva espectadora. Pedí otro para ella.
Lo agradeció y, de nuevo, con dos tragos se lo bebió entero.
Siempre pensé que yo era un tío con mala suerte, que mi vida era un bucle de desgracias, de preguntas sin sentido y sin respuesta, de respuestas sin pregunta y coherencia, un bucle de infelicidad constante alimentada por mi arrogancia y mi estupidez. Siempre pensé, -o eso creía hacer- que todo el mundo era más feliz que yo.
Pero allí estaba aquella joven, una fulana de 21 años como mucho, cerrando bares y bebiendo copas a pares. Esa chica, no podía ser feliz. No podía serlo, desde luego. La intriga me reconcomía. ¿Qué podría haber llevado a aquella chica a este remoto bar?

Me decidí a preguntar, no sin antes pedir otro gintonic para ambos.
Sí, no podía dejar que ella bebiese más rápido o terminaría creyéndome esa estupidez de que aquella joven era más infeliz que yo. Y no podía ser cierto. No.
Me empezó a contar su vida, sus desgracias, sus continuas luchas y búsquedas de la felicidad. Entonces, fui algo maleducado y pregunté su edad. Una vida con tantas querellas no podía ser tan corta.

Tenía tan solo 18 años.
Me sentí miserable. Me sentí un desagradecido, un egocéntrico, un ignorante.

Sólo 18 años y toda una vida de desgracias e infelicidades. Pedí otra ronda. Esto no podía continuar así.
Yo me quejaba por un matrimonio roto y un trabajo sin futuro, ella de una vida sin infancia y un futuro sin rumbo.
Seré mediocre.. -pensé.
Escondimos sueños e ilusiones rotos detrás de cada trago.

El mundo no se merecía a un imbécil como yo. No se merecía que siguiese llorando en aquel lúgubre bar, mientras que él luchaba por seguir girando. Ella seguía hablando.
Me hablaba de sus sueños, de su rutina, de sus ganas de escapar, independizarse, luchar por sí misma.

Pedí de nuevo una copa.
Y otra. Prometí que sería la última, y que sería la última noche.
Prometí tantas cosas aquella noche, que hoy ni la barra del bar me las recuerda.
Y aquí estamos de nuevo. Mi gintonic, y yo.

Y en el fondo, más sueños e ilusiones rotos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

A un centímetro de ti mismo.

¿Cuándo sabes que lo que ves en el espejo, eres tú, y no un simple reflejo de cómo quieres ser?
¿Te conoces?
Pensando sobre esto, me acordé de que alguien dijo: él no es así, o al menos, antes no lo era.
A lo que pensé: ¿y cómo soy yo?
No sé cómo soy, no sé si lo que soy ahora es una simple etapa de mi desarrollo, si es mi personalidad, o al menos la base de mi futura personalidad, no sé si soy un corta-pega de otras personalidades o soy yo. Yo mismo y mi experiencia.
Porque, en realidad, todos somos un corta-pega de nuestro alrededor. No naces con una personalidad adquirida, con una etiqueta que diga quién ni cómo eres. Naces con ojos, con oídos y con unas ganas de comerte el mundo que te cagas. Creces recogiendo información de la gente cercana a ti, y, aunque el conjunto de todos esos corta-pega es, en esencia, tu personalidad, no deja de ser un corta-pega. Por lo tanto, no eres tú, eres una mezcla de "yo"s, que a su vez, son mezclas de otros "yo"s.
No sé si en algún momento he sido yo realmente, si lo que soy ahora es una barrera de protección contra lo que de verdad soy, o simplemente una imagen que me autoimpongo por alguna estúpida razón.

Sin embargo, la originalidad, la espontaneidad y la extraversión son cualidades no adquiridas de otras personas, supongo que es algo que viene dado por tu historia, tu pasado, tu presente.
Somos una mezcla de todo. Somos tú, somos él, somos nosotros; soy yo.
Seguramente, tú mismo me hayas marcado de tal forma que, tras conocerte, hayas modificado ligeramente mi personalidad, algún concepto de algo dentro de mi. Y no es que no tenga una personalidad firme, que no sea lo suficientemente maduro o que sea fácil de cambiar. Afirmar eso, sería absurdo; como también lo sería afirmar que lo sé todo, y por lo tanto, no me hace falta aprender de ti.
Una actitud, una sonrisa o incluso un tono de voz puede parecerte tan sorprenderte que, inconscientemente te haga realizar un pequeño cambio en ti.
De pequeños cambios va la cosa.

Así que, ¿quién cojones somos? ¿Cuándo podremos decir que nos conocemos?
Nunca. Jamás podrás decir que eres algo o alguien concreto. Un pequeño cambio a tu alrededor podría producir un gran cambio en tu interior, así que, ¿para qué preocuparnos por quiénes somos?
Patricio, Pato, Ebolardo y quizás, por qué no, mañana Renato. Quién sabe.
Hoy por hoy, soy quien soy, como soy, y por lo que soy. Disfrutad de ello, porque quizás no sea lo mismo mañana.