Llegan a mi cabeza pensamientos al azar que fulminan mi conciencia en cada momento.
No puedo ordenarlos, y muchos ni si quiera descifrarlos, llegan y llegan sin querer decirme qué quieren o por qué aparecen ahora.
Me desconciertan, me desorientan, me hacen pensar, sentir, creer cosas a las que no quiero darles vida. Son pensamientos sin fin, sin un camino que seguir, sin un objetivo más allá de un aspecto momentáneo de mi vida. Me cuesta incluso darle sentido a mis palabras, si es que lo tienen, claro.
Me hacen perder la conciencia de la realidad durante horas, perderme en un mundo en el que quizás gano, quizás pierdo, pero es mi mundo.
Mil sensaciones se juntan en el pasillo de salida de mi mente, crean un tumulto esperando que alguien o algo les permita salir, pero ahí siguen, esperando. Esperando a que alguien competente los ordene, les diga por qué están ahí, y quién de ellos debería simplemente desaparecer, pero ese, no soy yo. No puedo ordenar mis sentimientos, y me dicen lo que debo hacer, y no lo que yo quiero hacer. Intentan gobernar mi vida de tal forma en el que mis gustos quedan sumergidos a merced de los demás, y sin embargo, no quiero seguir así. No más. No quiero seguir reprimiéndome, no quiero seguir siendo quien no soy, sintiendo lo que no siento, diciendo lo que no pienso y actuando al azar.
Bah, random. Paranoias al azar de un mal día.
jueves, 26 de enero de 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
Sonrisas a parte.
Su sonrisa desprendía felicidad, pero su mirada albergaba tristeza.
Albergaba la tristeza que le creaba el día a día. Esconder sus sentimientos a través de esa sonrisa era algo ya común, parte de su rutina y de su vida.
Siempre resguardado tras la seguridad de esa felicidad fingida, esa felicidad irreal que erigía su propio subconsciente cada mañana, como si fuese un gran muro, una barrera contra toda la mierda de fuera, contra todos los intrusos que pretendían llegar con más falsas sonrisas.
Sin embargo, esa felicidad le llenaba, le hacía creer en otra realidad, y le hacía creer en la seguridad de su muro, en que esa seguridad, quizás un día pasase a ser su rutina diaria, y no sólo una esperanza vana sin razón de existir.
Quizás debería haberse rendido a la tristeza, al frío y la oscuridad de este sentimiento que tantas veces nos inunda y nos hunde arrastrándonos a la más grande desesperación, al odio propio...
Pero él, no era así.
Él era fuerte. Sabía cómo salir de esto, lo había hecho otras veces. Sabía que, si luchaba, si simplemente no se dejaba llevar, si no que remaba a contra corriente, podría salir de estos rápidos.
No era fácil, obviamente, pero a él le gustaba lo difícil. Le gustaba conseguir las cosas con sudor, puesto que nunca le habían regalado nada. Todo había sido fruto de su esfuerzo.
Poco a poco, volvió a vislumbrar ese atisbo de felicidad, del calor salvador que desprendía su ahora pequeña barrera, que un día volvería a ser esa muralla de cara al exterior, esa sonrisa que, muchas veces, nos toca enseñar cuando no nos apetece.
Esa muralla, que tantas veces nos salva a todos de dar la cara a una realidad que quizás, el niño que llevamos dentro, no podría soportar.
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