Albergaba la tristeza que le creaba el día a día. Esconder sus sentimientos a través de esa sonrisa era algo ya común, parte de su rutina y de su vida.
Siempre resguardado tras la seguridad de esa felicidad fingida, esa felicidad irreal que erigía su propio subconsciente cada mañana, como si fuese un gran muro, una barrera contra toda la mierda de fuera, contra todos los intrusos que pretendían llegar con más falsas sonrisas.
Sin embargo, esa felicidad le llenaba, le hacía creer en otra realidad, y le hacía creer en la seguridad de su muro, en que esa seguridad, quizás un día pasase a ser su rutina diaria, y no sólo una esperanza vana sin razón de existir.
Quizás debería haberse rendido a la tristeza, al frío y la oscuridad de este sentimiento que tantas veces nos inunda y nos hunde arrastrándonos a la más grande desesperación, al odio propio...
Pero él, no era así.
Él era fuerte. Sabía cómo salir de esto, lo había hecho otras veces. Sabía que, si luchaba, si simplemente no se dejaba llevar, si no que remaba a contra corriente, podría salir de estos rápidos.
No era fácil, obviamente, pero a él le gustaba lo difícil. Le gustaba conseguir las cosas con sudor, puesto que nunca le habían regalado nada. Todo había sido fruto de su esfuerzo.
Poco a poco, volvió a vislumbrar ese atisbo de felicidad, del calor salvador que desprendía su ahora pequeña barrera, que un día volvería a ser esa muralla de cara al exterior, esa sonrisa que, muchas veces, nos toca enseñar cuando no nos apetece.
Esa muralla, que tantas veces nos salva a todos de dar la cara a una realidad que quizás, el niño que llevamos dentro, no podría soportar.
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