Aquella ramera se sentó a mi lado. Cogió mi copa y, de dos tragos, acabó hasta con la última gota de mi nocturno acompañante. Me había jodido.
Probablemente, restando una copa más a mi noche, me había jodido; había arruinado mi plan de ahogarme una noche más en el olvido.
Y ahora, sólo quedaba ella y la barra del bar. Menuda furcia.
Indignado, llamé al camarero.
-Eh! Disculpe, otro gintonic.
-Menuda semanita, ¿eh? Estás que no paras.
-Calla y sírvemelo, gilipollas.
-...
Y allí estaba yo, con mi gintonic y mi nueva espectadora. Pedí otro para ella.
Lo agradeció y, de nuevo, con dos tragos se lo bebió entero.
Siempre pensé que yo era un tío con mala suerte, que mi vida era un bucle de desgracias, de preguntas sin sentido y sin respuesta, de respuestas sin pregunta y coherencia, un bucle de infelicidad constante alimentada por mi arrogancia y mi estupidez. Siempre pensé, -o eso creía hacer- que todo el mundo era más feliz que yo.
Pero allí estaba aquella joven, una fulana de 21 años como mucho, cerrando bares y bebiendo copas a pares. Esa chica, no podía ser feliz. No podía serlo, desde luego. La intriga me reconcomía. ¿Qué podría haber llevado a aquella chica a este remoto bar?
Me decidí a preguntar, no sin antes pedir otro gintonic para ambos.
Sí, no podía dejar que ella bebiese más rápido o terminaría creyéndome esa estupidez de que aquella joven era más infeliz que yo. Y no podía ser cierto. No.
Me empezó a contar su vida, sus desgracias, sus continuas luchas y búsquedas de la felicidad. Entonces, fui algo maleducado y pregunté su edad. Una vida con tantas querellas no podía ser tan corta.
Tenía tan solo 18 años.
Me sentí miserable. Me sentí un desagradecido, un egocéntrico, un ignorante.
Sólo 18 años y toda una vida de desgracias e infelicidades. Pedí otra ronda. Esto no podía continuar así.
Yo me quejaba por un matrimonio roto y un trabajo sin futuro, ella de una vida sin infancia y un futuro sin rumbo.
Seré mediocre.. -pensé.
Escondimos sueños e ilusiones rotos detrás de cada trago.
El mundo no se merecía a un imbécil como yo. No se merecía que siguiese llorando en aquel lúgubre bar, mientras que él luchaba por seguir girando. Ella seguía hablando.
Me hablaba de sus sueños, de su rutina, de sus ganas de escapar, independizarse, luchar por sí misma.
Pedí de nuevo una copa.
Y otra. Prometí que sería la última, y que sería la última noche.
Prometí tantas cosas aquella noche, que hoy ni la barra del bar me las recuerda.
Y aquí estamos de nuevo. Mi gintonic, y yo.
Y en el fondo, más sueños e ilusiones rotos.
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