La brisa zarandeaba mi pelo. Sonaba Ludovico de fondo, y mi mente... Mi mente intentaba escapar.
Fluían por mi cabeza miles y miles de reflexiones impulsadas por el sonido del viento, bailando al son de la música.
Quizás grandes artistas, escritores o filósofos habían pasado por este momento, esta lluvia de sensaciones y sentimientos... Pero yo lo detestaba.
No quería ponerme melancólico, eso siempre significaba que algo iba mal.
Cerré los ojos y dejé que mi alma se escabullera, que se sintiera fuera de su pequeño contenedor, que pensara libre sin estúpidos intereses de por medio. Dejé que pensara por sí misma, y a la vez, por mi también.
Qué escena tan ridícula. Y aún así, funcionó.
Poco a poco, la ira se fue difuminando en favor de la indiferencia.
Qué triste es la indiferencia cuando se es tan joven...
Qué triste, y qué falsa. Pero por otra parte, qué eficaz. Te ayuda a evadirte, sentirte mejor, fingir que olvidas, que no te importa.
Al fin y al cabo, esta vida consiste en fingir a todas horas.
La sinceridad siempre lleva a una situación peor, o al menos, trae consigo sentimientos más fuertes, más sinceros, valga la redundancia.
Sentimientos mas complicados de encajar, evadir o afrontar..
Poca gente tiene los cojones de afrontar sus sentimientos. Cada vez que tú los encaras, los sacas a la luz, tu entorno finge. Finge con respuestas estúpidas, con gilipolleces que quieres oir. Entonces, tú finges que esa respuesta te agrada, que no te importa y te da igual. Y vuelta a la indiferencia, al olvido.
Cuántos bucles sin sentido crea la humanidad por no enfrentarse a sus miedos. Sus miedos a equivocarse y al qué dirán.
Cuánta estupidez.
Amén.
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